Descubriendo a Hermann Hesse

6 de mayo de 2011

¿Herman bipolar?

Cuando pienso en Hermann Hesse me es imposible abstraerme de la idea de este gran concepto: “dualidad”. No se trata de un trastorno psiquiátrico como al que hace alusión el título, si no más bien a esta concepción de dos mundos que ocurren paralelamente en su vida, y por supuesto, también en su obra.
Y esto no es, obviamente, algo antojadizo o sin sentido. Basta con hacer una simple comparación entre sus personajes.
Emil crece siendo un “niño bueno”, obediente, responsable, temeroso ante la autoridad, creyente como sus padres. Pero en el fondo de sí mismo había ya algo diferente que lo apartaba de todo aquello que consideraba bueno y hermoso, y de lo que intenta alejarse, pero le persigue.
Cuando Demian llega a su vida, algo en él, oculto hasta el momento, parece surgir desde el fondo emergiendo en un nuevo ser. Metamorfosis que comienza con una historia conocida pero cargada de un trasfondo distinto en la que todo su mundo se ve vulnerado; Caín no mató a Abel, tal vez incluso, éste no existía, o en realidad no era su hermano. La marca que llevaba Caín en su frente era algo característico, un sello que lo identifica como alguien superior al resto, pero diferente y lo diferente siempre causa miedo a la gente, razón por la cual habrían inventado la historia bíblica del asesinato, pues era una forma de alejarlo, segregarlo, y que la historia lo estigmatizara eternamente como un villano y no como el increíble hombre que en realidad era.
Esta simple historia, como ya se ha dicho, transformó el modo de ver el mundo para este pequeño personaje, ya que si su religión estaba errada, entonces sus padres también, y con ellos todo su mundo se caía, perdía la consistencia que para él siempre había tenido la casa paterna como lugar de refugio, de paz, de pureza, de verdad.
Hermann Hesse siempre quiso ser ese niño, responsable y sereno, y en realidad lo fue, su mundo era el mismo que rodeaba a Emil, aquella atmósfera cargada de paz, de amor paternal, de felicidad acompañaron sus días de infancia, pero siempre estuvo en él algo más intenso y real, que trascendía las paredes de su hogar, que estaba en la calle con sus amiguitos o en los libros que lo transportaban a una tan anhelada India. Pero claro, también era Demian. La imagen de este niño de una edad indeterminada (pues sus ojos representaban una madurez que iba más allá de la edad), de rostro sereno, de frente alta y caminar seguro es  la imagen que él recibió de oriente, de la atracción incalculable que le producían estás filosofías tan alejadas al conocido y a veces, tan restrictivo cristianismo.

Pero no solo en Demian encontramos esta dualidad, también existe en libros comoSiddharta. Aquí se observa la oposición entre dos personalidades distintas, por un lado la chispa, la inteligencia innata y sobresaliente de Siddharta, el protagonista, y por otro lado el sentido de amistad y benevolencia, fidelidad y compasión en su amigo Gobinda. Mientras el primero está en una búsqueda que a ratos parece infinita de la verdad y de la felicidad a través de diversos caminos, cuestionándoselo todo, conciente de su propia y constante insatisfacción. El segundo es un seguidor, que no se hace grandes preguntas, sino que espera las respuestas, que no está seguro de su propio destino, pues se dedica a recorrer el de otros; primero el de su amigo Siddharta y después el de su maestro Buda. Pero ambas personalidades se complementan, ambos son el eslabón en la cadena del otro y se necesita de sus diferentes cosmovisiones para comprender la obra y luego, para comprender a Hesse.

¡Y cómo olvidar a “Narciso y Goldmundo”!, la irreverencia, espontaneidad, libertad, indiferencia, belleza, galantería indiscriminada, espíritu alegre, egocéntrico, distendido de Goldmundo contra el control, sobriedad, sabiduría, inteligencia, meditación, espíritu crítico, artístico y contemplador de Narciso. Ya en su vejez, El anciano autor reconoció que durante toda su infancia, cuando hacía rabiar a su madre, y desobedecía a su padre, y mucho después, durante su adolescencia cuando escapó del seminario y comenzó a trabajar en tantos rubros como le fue posible, había sido Goldmundo. Pero ya viejo y cansado, teniendo tantas experiencias a su haber, poseía la capacidad de disfrutar del paso del tiempo con tranquilidad, en paz consigo mismo y con el mundo, contemplándolo todo y aceptándolo todo a su alrededor, entonces era Narciso.

Así es Hermann Hesse, trabajando nuestras vidas a través de sus libros, demostrando ante nuestros ojos su propia dualidad, como un ser poseedor de personalidades distintas, dos polos e incluso, me atrevería a decir, dos seres diferentes en radicalidad, que convergen,  uniéndose y formando parte de un mismo ser más completo, determinado por la ambigüedad de su interior que una ves más, se ve reflejado en sus obras.

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